Por: Rodrigo Almonacid
La historia del rock and roll, desde sus inicios, ha estado manchada por los trágicos fallecimientos de sus grandes símbolos. Desde casos de drogadicción, alcoholismo y escándalos que atentaban contra la moral establecida, hasta la muerte musical, artística y solitaria de sus precursores.
La sobre exposición a los medios, el mal manejo de la fama o simplemente las ganas de llevar una vida a contracorriente y acelerada acabaron con las aspiraciones de los rockeros más famosos y con mayor talento en la historia de este género musical. Jimmy Hendrix, Hank Williams, Sid Vicious, Freddy Mercury, Kurt Cobain, Jim Morrison, son parte de un largo etcétera de víctimas del rock, simples cadáveres bien parecidos que dejaron un fuerte legado para sus seguidores y los músicos que continuarían su labor.
Son centenares las explicaciones que se les daba a la muerte de estos y estas artistas, los ultra conservadores estadounidenses y algunos católicos devotos culpaban al rock por, según ellos, llevar a estas personas por un mal camino y descarriarlos del sistema y del camino que debían seguir. Se equivocaban y se equivocan aquellos que defienden esa tesis. El que haya un camino marcado no significa que se tenga que seguir y el rock como tal no es el culpable de la muerte de estos personajes. Son ellos mismos los que decidieron seguir ese camino poco sano, que acabaría con sus vidas y que además daría pie para condenar y satanizar al rock and roll.
¿Por qué entonces artistas de talla mundial como U2, Pink Floyd, Soda Stereo y un sin fin más siguen o siguieron en la carretera -lógicamente con distintos tipos de problemas- sin caer o superando obstáculos como la droga o el alcohol? Esto demuestra que definitivamente el rock no es el problema, el problema son los artistas. La fama se sube a la cabeza y en la droga y en el alcohol se encuentra la salida a los vacíos y problemas que han aquejando sus vidas.

Es increíble ver como el sistema consumista convierte a los artistas en héroes luego de su fallecimiento y más aún como, luego de trágicos sucesos, toma su arte para comercializarlo y lucrarse, desatando tristeza y cólera colectiva entre los seguidores y personas que sólo se dejan llevar por las masas. Irrespetando el dolor de las familias, allegados y amigos del rock y del difunto.
Así mismo, sin ánimo de justificar el consumo de drogas y alcohol, las presiones ejercidas por los medios y seguidores hacen que varios artistas, principalmente aquellos cuya carrera viene en caída, consuman estas sustancias psicoactivas para convertirse en noticia, vender más, ganar más dinero y ser más reconocidos, no precisamente por sus dotes artísticos.
Las ventas se disparan, los discos de oro llegan y la casa disquera se forra los bolsillos. Todo el mundo feliz y una vida más destruida. Una vida que es tomada como ejemplo por miles de personas que ven en aquel icono un ejemplo a seguir y que probablemente intentarán imitarlo, también serán mal influenciadas por la ambición y por sus actos desmedidos.
Son los escándalos los que se convierten en el verdadero negocio del rock, ellos son los verdaderos impulsores de los artistas y son el factor que otorga éxito y reconocimiento. Son pocos los artistas sanos que se limitan a sobresalir exclusivamente por su talento, pasión y entrega a esa vida paralela que es el rock and roll. Los muertos son idolatrados y puestos en un altar, los vivos colean por un espacio en ese pedestal al que pocos podrán llegar.
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